Pedagogía

¿Cómo gestionamos las emociones? Hablando de inteligencia emocional

Para comprender qué es la inteligencia emocional tenemos que trasladarnos hasta mediados de la década de los noventa del siglo XX cuando Daniel Goleman, un psicólogo y también profesor de la Universidad de Harvard, hizo famoso este término. Goleman publicó un libro con este título que pasó de ser un texto de divulgación científica a convertirse en un ‘best seller’ en todo el mundo. Desde ese momento la referencia a la inteligencia emocional ha sido una constante en mundos tan dispares como el mundo empresarial, la resolución de conflictos, la gestión de los trastornos…. 

¿Cuáles son los factores que conforman la inteligencia emocional?

  • Autoconocimiento: Te proporciona el conocimiento de tus propias emociones, la capacidad de reconocer un sentimiento en el momento que aparece. Constituye la ‘piedra angular’ de la inteligencia emocional. Saber quiénes somos y definir qué queremos, porque, como refleja la conocida frase: “ningún viento es favorable para el barco que no sabe dónde va”
  • Autocontrol: Lo constituye la capacidad de controlar las emociones. Es una habilidad básica que nos permite adecuar las emociones al momento. Sujetar el instinto mediante el convencimiento de que si lo hacemos alcanzaremos la meta deseada.
  • Automotivación: La capacidad de motivarse a uno mismo. Supone el control de la vida emocional y su subordinación a un objetivo. Resulta esencial para espolear y mantener la atención, la motivación y la creatividad. No hundirse ni recrearse morbosamente en los fracasos, sino analizarlos, aprender de ellos y volver a levantarse.
  • Empatía: El reconocimiento de las emociones ajenas. Permite adecuar nuestras acciones a las demandas de los demás. Esencial para establecer redes de relaciones que tan útiles nos serán.
  • Sociabilidad: Supone el control de las relaciones. Relacionarse adecuadamente con las emociones ajenas. Ser consciente de tu papel y el papel de los otros, saber qué podemos esperar de los otros y qué se nos pedirá a cambio.

Los estudios en los que se apoya el trabajo de Goleman avalan la postura de que individuos con elevado cociente intelectual fracasan en el desempeño de su actividad profesional y personal si no son capaces de desarrollar estas capacidades, incluso en el caso (que no siempre es así) de que obtengan un expediente universitario brillante.

 ¿Nuestro sistema educativo hace algo real para desarrollar la inteligencia emocional?

Para contestar a esto voy a partir de cómo debería ser el sistema para lograrlo:

  • En primer lugar, como se pone de manifiesto en el referido test de las golosinas, deberían primar los objetivos ligados al éxito a medio-largo plazo sobre el éxito inmediato (o la satisfacción inmediata).
  • También sería necesario que el sistema proporcionase al alumno situaciones de aprendizaje del autocontrol. En estas situaciones el sujeto debería ser sometido a una ‘presión progresiva’ que evitase la ‘tormenta emocional’. Al mismo tiempo debería producirse un análisis de la situación en el que se pusiese a disposición del alumno fórmulas y mecanismos que le permitiesen ir controlando progresivamente ese aumento de la presión.
  • Otro elemento necesario sería que el sistema conectara al alumno con lo aprendido, que no generara un ‘modelo inerte’, aislado de la realidad. La conexión con lo aprendido genera compromiso por parte del alumno, y este lleva a la automotivación. Si no generamos automotivación tendremos que sustituirla por una ‘motivación extrínseca’ basada en un sistema de premios-castigos (mucho menos eficaz, como veremos luego).
  • Tampoco podemos olvidar el aprendizaje de la empatía. Este debería reforzarse a través del ofrecimiento de modelos empáticos que refuercen el aprendizaje por imitación.
  • Además, deberíamos ofrecer un modelo de “aprendizaje colaborativo” que permitiese al alumno aprender del equipo. No olvidemos lo que esto puede aportar, no solo en el presente, sino en el futuro, puesto que la capacidad de trabajar en equipo es una de las más valoradas profesionalmente.
  • Todo lo anterior debe completarse con un sistema de ‘evaluación formativo’ que permita al alumno identificar sus lagunas y le proporcione herramientas para superarlas. El “feedback” debería ser continuo, lo que permitiría una constante mejora, y no debería ser proporcionado sólo por el profesor.

¿Tienen el sistema educativo tradicional estas características? Evidentemente no. Como ya nos hemos extendido bastante, iremos haciendo nuestras propuestas en próximas publicaciones.

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