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La característica más significativa de nuestra época es el cambio, y el ritmo vertiginoso al que se producen estos cambios. El sistema educativo debería preparar a los alumnos para enfrentarse con éxito a los retos que esta situación les propone.

La idea sería que los alumnos desarrollasen la capacidad de plantearse la posibilidad de mejorar por ellos mismos la realidad que les rodea. No esperar a que vengan otros a solucionar los problemas que les surgen, o que estos problemas se ‘arreglen solos’.

Para hacer esto el niño debe aprender a:

  • Proponerse un objetivo.
  • Analizar los problemas que existen para alcanzar ese objetivo.
  • Proponer soluciones para superarlos.
  • Evaluar los resultados.
  • Proponer nuevas soluciones (en el caso de no haber tenido éxito), o nuevos objetivos (en el caso de haber tenido éxito).

La actitud necesaria para poner en marcha este proceso es la famosa ‘actitud emprendedora’. Desde la Unión Europea se ha lanzado la idea de que conseguir el desarrollo de esa actitud debe ser uno de los objetivos fundamentales de cualquier sistema educativo. 

La cuestión que debemos resolver es cómo pasar de ese objetivo genérico y difuso a acciones concretas.

¿Qué diferencia a un sujeto con ‘actitud emprendedora’ de otro que no la tiene? Para empezar debemos tener en cuenta que esa actitud se apoya en una serie de habilidades personales que la hacen posible.

Las habilidades de las que hablamos son:

  • Autonomía.
  • Autodisciplina.
  • Autocontrol.
  • Flexibilidad.
  • Sentido crítico.
  • Espíritu innovador.
  • Superación.
  • Iniciativa.
  • Tenacidad.
  • Perseverancia.
  • Autoestima.

Si las examinamos veremos que existen características comunes en ellas:

  • En primer lugar, muchas están relacionadas con la competencia emocional.
  • Por otro lado, son ‘habilidades modificables’. No se apoyan en ‘dones innatos’, sino que la práctica y la formación pueden hacer que se desarrollen. También, es posible que una fórmula inadecuada de aprendizaje haga que se atrofien o que se pierdan.
  • En tercer lugar, no se identifican con la capacidad para desarrollar una actividad o un aprendizaje concreto. Son habilidades aplicables a cualquier ámbito de actuación o aprendizaje.

La autodisciplina, tenacidad, perseverancia, están tremendamente relacionadas con la consecución de un nivel de implicación necesario para que el alumno mantenga  una práctica persistente, un ritmo de entrenamiento, necesario para dominar cualquier actividad.

El sentido crítico y el afán de superación necesitan de un proceso de evaluación constructivo y continuo que proporcione un adecuado ‘feedback’ al que está formándose.

La autoestima, el autocontrol, flexibilidad, creatividad e iniciativa son la base de una adecuada gestión del fracaso.

En resumen, lo que estamos planteando lo podemos resumir de la siguiente forma:

  • El objetivo de un sistema educativo eficiente es preparar a los alumnos para enfrentarse a los retos de la realidad.
  • La realidad en la que viven (y van a vivir) nuestros alumnos es muy dinámica, con un ritmo de cambio vertiginoso.
  • Para afrontar con ciertas garantías de éxito los retos que esta realidad propone es mucho más necesario el desarrollo de una determinada actitud y una determinada mentalidad, que la asimilación (memorización) de unos contenidos concretos.
  • Esta mentalidad la denominamos ‘mentalidad flexible’. La que nos hace pensar que las capacidades individuales son maleables, que nuestro entrenamiento, planificación y capacidad de analizar las situaciones nos harán mucho más competentes. Y que, con suficiente motivación, esfuerzo y una buena enseñanza, las personas pueden mejorar en casi cualquier cosa.
  • La actitud la hemos denominado ‘actitud emprendedora’: plantearse la posibilidad de mejorar por ellos mismos la realidad que les rodea. No esperar a que vengan otros a solucionar los problemas que les surgen, o que estos problemas se ‘arreglen solos’.
  • Esta actitud no ‘crece sobre la nada’, sino que se apoya en determinadas habilidades personales que permiten mantener el esfuerzo necesario para lograr los objetivos propuestos, asumir la situación real, siendo consciente de los éxitos y reconociendo y analizando los errores, para gestionar el fracaso proponiendo nuevas alternativas.

Por lo tanto, lo que proponemos es: formar emprendedores como objetivo global del sistema.

Es necesario aclarar que el término ‘emprendedor’ lo entendemos en un sentido amplio, es decir no exclusivamente ligado al ámbito empresarial y económico, aunque evidentemente no lo excluya. 

Por lo tanto, hablamos de emprendedor como “la persona que es capaz de poner en marcha acciones encaminadas a iniciar cualquier tipo de proyectos de mejora del entorno y de su propia vida”. Estos proyectos pueden ser culturales, sociales y por supuesto empresariales.

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