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Aunque el término coaching es utilizado con frecuencia también es cierto que muchas personas te preguntan de qué se trata realmente. Por eso, vamos a empezar intentando aclarar un poco este concepto. La idea principal es que a través de esta práctica se pretende:

  • Liberar el potencial de las personas para que puedan llevar su rendimiento al máximo.
  • Ayudarles a aprender en lugar de enseñarles.
  • Asociar la práctica, desarrollo de hábitos adecuados, la habilidad, la flexibilidad, y la capacidad de elección.
  • Ayudarte a conseguir lo mejor de lo que haces o de lo que deseas hacer, utilizando todas tus habilidades y recursos para ello.

Hablando en términos más coloquiales se trataría de realizar la misma labor que un entrenador (coach en inglés) lleva a cabo con sus jugadores: Tratar de sacar el máximo partido de cada uno, buscando fórmulas que resalten sus virtudes y minimicen sus defectos. Si hacemos la pregunta: “¿qué hace falta para enseñar matemáticas a Pedro?”, la respuesta habitual sería “conocer las matemáticas”. Desde la perspectiva de coaching la respuesta sería “conocer a Pedro”.

La idea que se trasmite desde esta postura es que el sistema educativo no tiene tanto que ‘enseñar cosas’, como facilitar que el alumno aprenda sacando lo mejor de sí mismo. Esto es el coaching aplicado a la educación. Lo más importante no es lo que aprendemos, sino lo que podemos hacer con lo que aprendemos.

¿Qué pasos debemos seguir para hacer ‘aflorar’ las mejores cualidades de los alumnos?

En primer lugar, debemos tener en cuenta la importancia de crear un clima de emoción positiva, ya que nuestras emociones hacen de filtro a la hora de percibir nuestro entorno: vemos el mundo según lo sentimos.

Desde esta perspectiva la pieza clave de todo el sistema de enseñanza no son ni las leyes de educación (aunque son necesarias), ni los medios materiales y técnicos (aunque ayudan bastante), ni siquiera los contenidos curriculares (aunque su dominio sea el objetivo final), sino el papel y la acción del profesor.

Un buen profesor tiene que cumplir la misión de convertirse en el banco emocional de sus alumnos. Podemos trazar un perfil esquemático de este ‘profesor-coach’:

  • Establece límites y expectativas claras.
  • Cuida el detalle.
  • Trata a los alumnos ‘como personas’.
  • Mantiene las promesas y compromisos.
  • Es íntegro.
  • Admite sus errores y pide disculpas por ellos.

Como podemos ver, no se trata de nada extraordinario, pero también podemos ver que no es lo habitual, quizás porque se da más importancia a otros elementos como los curriculares, los burocráticos, los estamentos de la autoridad…. Sin embargo, no hay nada tan crucial en la educación como la actitud del profesor. Como escuchaba hace poco, la información está en los libros, pero el conocimiento sólo puede transmitirlo un profesor.

Es la actitud del profesor la que crea un clima de complicidad o de desafío, una atmósfera de satisfacción o de contención. Los niños no aprenden nada sobre su comportamiento, mientras estemos ‘señalándolos con el dedo’.

El profesor debe reconducir la situación cuando se producen actitudes en algunos alumnos que distorsionan la marcha del aula, pero de una forma constructiva, y controlando la situación, no a través de acciones y actitudes autoritarias, sino consiguiendo modificar el clima emocional de los alumnos. No, no estoy proponiendo la figura del profesor-colega, igual que no propongo la del padre-colega, ambas condenadas al fracaso. Un profesor no es ‘colega’ de sus alumnos, ni un padre de sus hijos. Pero entre la figura del profesor que guía, da confianza, hace un esfuerzo por comprender y motivar, ayuda y apoya, y la de la figura distante, autoritaria, rígida e inaccesible, la primera es la que da resultado.

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