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Crear buenos hábitos de estudios es una de las tareas más importantes para un estudiante. Lo más difícil que existe a la hora de establecer un hábito de estudio es el mismo que existe para cualquier hábito que establezcamos, mantenerlo.

¿Por qué existe esa gran dificultad en el mantenimiento de un hábito? Fundamentalmente porque es complicado mantener un esfuerzo sobre algo si no le encontramos un sentido directo a este esfuerzo.

¡Pongamos un ejemplo!  Vamos a tratar de explicar esto a través de un símil, el hábito del deporte y la actividad física. Está claro que hay personas que tienen un hábito muy sólido en cuanto a la realización de una actividad física diaria, y otros que no. A las personas que tienen establecido ese hábito da la sensación que hacer deporte diariamente no les cuesta ningún esfuerzo. Planifican su actividad diaria para tener un hueco para su deporte y llevan a cabo su entrenamiento haga el tiempo que haga e, incluso, en épocas de mucho trabajo consiguen seguir con su pauta de actividad, utilizándola como una fórmula para relajarse, para desconectar. ENLAZARLO CON EL BLOG DE LA GESTIÓN DEL TIEMPO LIBRE

Luego están los que no tienen ese hábito, pero piensan que sería bueno tenerlo. De hecho, se plantean muchas veces introducir esa actividad física en su vida. Incluso se compran ropa de deporte, o una bicicleta, o se apuntan a un gimnasio…, ¿Cuánto dura ese impulso? Las épocas del año de los grandes “planteamientos de cambio” (después del verano y en enero) vemos como hay multitud de ofertas de gimnasios que plantean que pagando dos meses de inscripción tienes seis meses de actividades en el gimnasio. Esto es así porque el departamento de marketing de la empresa deportiva sabe que la mayoría de los usuarios sentirán ese impulso de hacer deporte porque creen que es bueno para ellos, o porque quieren mejorar su aspecto, o porque su médico les ha dicho que es la forma de mejorar su estado físico. Pero que ese impulso no tiene arraigo, porque en el interior de esas personas no existirá una conexión con la actividad física, y por lo tanto ese impulso se perderá antes del primer mes, por lo que con esa oferta se garantizan por lo menos cobrar dos. En, aproximadamente un 90% de los casos tienen razón.

¿Cuál es la diferencia entre uno y otro grupo? Básicamente que los primeros son capaces de disfrutar de lo que hacen, aunque les cueste un esfuerzo. Lo que hacen tiene un sentido para ellos, más allá del objetivo inmediato de perder unos kilos, por ejemplo.

Y ahora viene lo más interesante para nuestro símil: todos conocemos a gente que se ha transformado: que ha pasado de estar todo el día en un sillón a entrenar diariamente, hacer cicloturismo o, incluso, aficionarse a correr maratones o hacer triatlón. ¿Qué les ha sucedido? Que esa actividad ha dejado de ser un ritual para convertirse en algo vivo, que forma parte de ellos.

 El aprendizaje debe ser un buen modelo del mundo real. Si esto no es así, el conocimiento adquirido es inerte, es un conocimiento ritual, sin compromiso. En estas condiciones es muy difícil mantener la motivación intrínseca (lo que podríamos llamar ganas de aprender), y tendríamos que sustituirlo por sistemas de motivación extrínseca, como sería un sistema de premios y castigos que es mucho menos eficaz y consistente, y acaba produciendo lo que los anglosajones llaman satisficing (hacer lo mínimo para salir del paso). El resultado es un aprendizaje mediocre y el compromiso con el esfuerzo es bajo y pasajero.

Otra de las consecuencias de este aprendizaje ritual es la imposibilidad de realizar un aprendizaje genérico y establecer nuevas conexiones fruto de la reflexión. Es decir, el estudiante es incapaz de activar lo aprendido en otros contextos relevantes. Por lo tanto, cree que será un conocimiento rígido, que no hará posible un uso flexible, y por lo tanto ni se adaptará a nuevas situaciones, ni se podrán establecer nuevas conexiones.

Por todo ello, la conclusión de esta reflexión es que la clave para crear buenos hábitos de estudio necesitamos un nivel de implicación que nos permita disfrutar de lo que hacemos mientras mejoramos, y esto no lo podemos hacer enfocando nuestro esfuerzo a aprobar un examen, sino a conseguir conectar con lo que aprendemos. Un examen, aprobarlo, sacar una nota, nunca debe ser el fin de nuestro esfuerzo. Si no, nos sucederá como al que va al gimnasio para perder unos kilos, que nuestro esfuerzo no será consistente.

 

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