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Creo que todos hemos oído alguna vez que la palabra “crisis” en el idioma chino es la misma que “oportunidad”, y precisamente esta crisis empezó en China. Pero la verdad es que, ahora mismo, en plena cresta de la ola de la epidemia del coronavirus, con todo el país parado y en confinamiento y un montón de personas sufriendo directamente la enfermedad, cuesta trabajo pensar que pueda ser la oportunidad de algo.

Si analizamos un poco vemos que todas las crisis que han sobrevenido en la historia, sean de tipo económico, sanitario, social…, tienen varias cosas en común:

  • Siempre nos cogen por sorpresa, si no, no serían “crisis”. El día antes del Crack del 29 que desencadenó la “Gran Depresión” la gente estaba bailando el charlestón y divirtiéndose, eran “los Felices 20”. Lo mismo pasó con la última gran crisis económica que hemos vivido, y también ahora. Llevábamos dos meses siendo ocurrentes, haciendo chistes y frases ingeniosas a costa de la epidemia. Incluso el día 8 de marzo, unos días antes de decretarse el estado de alarma y el confinamiento, había una pancarta en la manifestación del día de la mujer que decía “el machismo mata más que el coronavirus”.
  • Se piensa que es algo “de fuera”, algo que a nosotros no nos afecta. En la crisis de 2007, cuando estalló la “burbuja inmobiliaria” norteamericana pensábamos que era un problema de allí. Esto de ahora empezó siendo un problema de salud chino pero que aquí no llegaría porque nuestras condiciones son muy diferentes. Vimos las calles desiertas de las ciudades chinas como una curiosidad exótica. Ni siquiera cuando vimos el problema en un sitio tan cercano y tan parecido a nosotros como Italia pensamos que nos fuera a afectar en esta medida.
  • Todas las crisis son extremadamente desagradables. Se llevan por delante un montón de cosas que son para nosotros importantes: trabajo, expectativas, y, en este caso, hasta vidas.
  • Nos demuestran nuestra fragilidad. Hay cosas en nuestra vida que creemos muy estables, muy seguras, que, de golpe, sin previo aviso se derrumban, o al menos cambian de forma radical.

Pero quizás por todo esto nos sitúan en la realidad, y nos obligan a reinventarnos. A reflexionar y sacar lo mejor de nosotros mismos. De la Gran Depresión surgió un nuevo tipo de capitalismo y la fórmula que llevaría a lo que llamamos estado de bienestar, por ejemplo. Creo que a eso alude la analogía entre “crisis” y “oportunidad”. La situación nos obliga a, como señala el dicho popular, “convertir la necesidad en virtud”. Como no tenemos más remedio pensamos, buscamos nuevas fórmulas y, de esta forma, mejoramos.

Eso mismo creo que está sucediendo ahora a muchos. Más allá del colapso sanitario que es la parte peor, y que estoy seguro que cuando se reconduzca nos llevará a un proceso que mejorará sustancialmente el sistema de salud, podemos ver muchas vertientes de esa necesidad convertida en virtud.

Qué podemos sacar de positivo de la situación del coronavirus

  • En una sociedad que decíamos deshumanizada e insolidaria, en la mayoría de los casos las personas están sacando lo mejor de ellas mismas a la hora de ayudar a los demás: médicos jubilados que se ofrecen a colaborar con el sistema sanitario, a pesar de ser personas de riesgo por su edad, empresas e instituciones que se reconvierten para ayudar a la tarea común, gente que se brinda a ayudar a los que están solos o no pueden valerse por sí mismos….
  • Estamos viéndonos obligados a encontrar nuestro propio ritmo. El ritmo que nos lo marcaban los horarios laborales, las convenciones sociales…, ahora es todo cosa nuestra, y tenemos que aprender a gestionarlo.
  • Si hablamos del sistema educativo, se ha visto obligado a crear una fórmula para seguir funcionando a distancia, utilizando los recursos tecnológicos que, aun estando ahí, no dejaban de ser utilizados como “auxiliares”. Y eso se ha hecho en tres días. El jueves por la tarde se planteó la suspensión de las clases, el lunes por la mañana ya estaban funcionando las aulas virtuales. Con problemas, necesitando ajustes, pero funcionando y mejorando constantemente.
  • Respecto a los alumnos, han tenido que aprender de golpe varias cosas:
  1. La primera, a ser disciplinados, a cumplir las normas. Esa idea de que las normas no sirven y no hay que cumplirlas, evidentemente ha desaparecido por causas de fuerza mayor.
  2. Otra es a gestionar el tiempo y el horario. Hasta ahora vivían a remolque de los horarios impuestos. Ahora tienen que ser ellos los que se impongan su propio ritmo de actividad. Y, por supuesto, se han dado un baño de realidad, como todos, pero en su caso más evidente ya que su experiencia vital era la de una realidad muy controlada donde todo podía tener una solución a su gusto.
  3. Se están dando cuenta que pueden adaptarse a vivir sin cosas que creían imprescindibles, y a establecer una nueva jerarquía de valores y descubrir qué es lo realmente importante.

Por todo ello debemos ser optimistas y pensar que esta crisis, como todas (y como dicen los chinos) acabará siendo una oportunidad de mejora. Que saldremos de ella mejores. Que los jóvenes, como le ha sucedido a otros jóvenes en otras crisis, saldrán de ella más maduros y más conectados con la realidad. Ahora bien, eso sí, esto no sucederá de forma automática, por generación espontánea. Nuestra actitud, una vez asumida la realidad, debe ser la del jugador que está calentando en la banda y que cuando le indiquen que entre en la cancha debe salir totalmente enchufado y dar lo mejor de sí mismo desde el primer momento.